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Origen del mercado del arte: ¿por qué compramos arte?

El mercado del arte no surgió de la nada. Como todo en la Historia de la Humanidad, tiene un por qué, un comienzo, un germen que tiñó el mundo y lo condujo lentamente a revalorizar el arte, hasta entonces prácticamente anecdótico a nivel artesanal, o bien limitado a un porcentaje ínfimo de la población. En el fondo, desde los inicios del arte, desde las primeras expresiones, el ser humano lo ha limitado, tratándolo como un objeto de lujo, aunque no siempre los creadores han sido conscientes y han exigido la valoración de su trabajo tanto como del producto del mismo.

El Renacimiento comenzó el cambio, pero no se afianzó a nivel europeo hasta que llegó el siglo XVII, cuando el racionalismo provocó el reinado del escepticismo y la mentalidad humana empezó, por primera vez en siglos, a liberarse realmente de los perjuicios religiosos. La revolución científica estaba en alza y llegando a su punto culmen, lo que permitía que los descubrimientos de la ciencia no fueran discutidos, si no más bien aceptados sin parpadear.

Entrando en materia, hasta entonces el formato más habitual de exposición de las colecciones (generalmente en manos de nobles y contados burgueses adinerados) eran las wunderkammern, también llamados cuartos de maravillas o gabinetes de curiosidades. Entraron en decadencia por la confusión que provocaban en los visitantes, algo que antes era apreciado y ahora, denigrado.

Mercado del Arte

En Centroeuropa comenzó un extraordinario desarrollo del coleccionismo durante este siglo XVII, muy en consonancia con el alzamiento económico y social de la burguesía centroeuropea, aunque al estilo de la que encontrábamos inicialmente en los Países Bajos (Flandes). Este crecimiento vino de la mano de una enorme actividad comercial que potenció a la burguesía a formar parte de los estratos más poderosos: banqueros, abogados, comerciantes y funcionarios ganaron su riqueza mediante su propio esfuerzo. Rompieron así el modus operandi habitual, en el cual la riqueza venía heredada, y los nobles no tenían que realizar grandes labores para mantenerla.

Esta nueva burguesía necesitaba poder manifestar su nueva posición, y encontraron un lenguaje perfecto para sus necesidades: el arte. Contrataban a los artistas del momento para la decoración de sus hogares, como símbolo de poder y riqueza, tanto a nivel pictórico como mobiliario, en orfebrería, cristalería,… Poco a poco la pintura de carácter doméstico se convirtió en una temática habitual y cotizada, siendo pequeños cuadros que se ambientaban en las propias viviendas, y representaban escenas cotidianas con personajes que aparecían vestidos de manera realista. Era un pintura detallista en todos los aspectos. Encumbró a artistas de la talla de Johannes Vermeer de Delft (1632 – 1675).

Aunque no fue la única temática reinante durante el desarrollo de este siglo XVII. Las naturalezas muertas obtuvieron un gran número de seguidores, dado que también eran un buen método para mostrar esa nueva riqueza de la burguesía. Así pues, exhibían impunemente en sus salones obras que representaban caros alimentos o buenas vajillas, o todo al tiempo en complejas composiciones que mostraban a los visitantes el nivel de la casa en la que se encontraban.

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Dentro de este fenómeno, que enriqueció a los pintores de la zona norte de Europa, especialmente la zona de Flandes y Holanda, se desarrolló la kunstkammern, llamada pintura de gabinete. Esta nueva temática presentaba las colecciones de su propietario, siendo el primero el archiduque Alberto VII de Austria e Isabel Clara Eugenia, en Bruselas. En cuanto a sus mayores exponentes, fueron Franz Francken el Joven y Hans Brueguel el Joven. Eran cuadros de pequeño o mediano formato, con un fondo neutro en tonos ocres o grises, se exhibían las colecciones de pinturas, esculturas y curiosidades, a modo de instantánea fotográfica. Este tipo de obras se colocaban en una pared que recibía el nombre de pared preciosa, también en tonos neutros, y por norma general con una puerta que conduce a la biblioteca de la casa. En algunas ocasiones la estancia representaba incluía también a los visitantes, el coleccionista y el pintor.

 El desarrollo de las temáticas avanzó, tal y como estamos viendo, al gusto del coleccionista. Los intereses de la burguesía eran muy concretos y buscaban siempre ensalzarse mediante las obras de arte. Este es el germen de la cultura de “el cliente siempre tiene la razón”.

Y aquí, ahora, es cuando aparece la nueva dinámica de intercambio de obras artísticas que será el auténtico comienzo del mercado del arte, que evolucionará hasta llegar a día de hoy. Los cuadros no solo actúan como muestra del poder y riqueza de los burgueses, si no que forman parte de su patrimonio y de una forma de inversión: pueden desprenderse de ellos en caso de ser necesario, si necesitan dinero, lo cual aumenta más la demanda que la oferta, y como consecuencia se produce una competitividad entre los clientes que desean la obra: se genera el mercado, el germen de la subasta. El poder de los marchantes de arte aumenta exponencialmente, y comienzan incluso a imponer condiciones a los artistas, muchos de los cuales se han enriquecido y han pasado a formar parte de la nueva burguesía, también. Esto acaba provocando un fenómeno de superproducción derivado de la aparición de las copias de taller y las falsificaciones.

Hasta ahora, el comercio de obras de arte se había limitado en gran medida al territorio cercano, por motivos como la complejidad del transporte de este tipo de mercancías y la poca actividad diplomática. El carácter internacional del mercado se fomenta cuando la actividad diplomática se generaliza, como la española dentro de Países Bajos, que provoca el regalo y disposición de obras de arte a casas reales, embajadores y aristócratas. Algunos de los más famosos ejemplos son la adquisición de la colección artística de los Gonzaga de Mantua a Carlos I de Inglaterra o la venta de varios Ribera y Murillo de la mano de unos comerciantes napolitanos a nuevos clientes holandeses.

Mercado del ArteLos artistas y los clientes empiezan a no ser las únicas personalidades importantes en una venta de arte. Como decíamos previamente, los marchantes ganan fuerza y poder, y actúan como intermediarios en las ventas y en los eventos públicos destinados a estos fines, rodeándose de otros personajes como pueden ser los peritos tasadores, redactores de catálogos, abogados,… En cuanto a los eventos, los más destacados comienzan a ser las ferias y subastas públicas de arte, como la de Saint-Germain en Francia y Leipzig en Alemania, o las subastas de Amberes y Ámsterdam. Los marchantes se convirtieron en los dinamizadores de la vida artística. Los artistas habían dejado de producir únicamente por encargo, y los talleres comenzaban a producir de forma casi masiva y para clientes desconocidos, anónimos.

La nueva riqueza y reconocimiento de los pintores se liga, en gran parte, al sometimiento al mercado de los mismos. El pintor, con la introducción de la figura del marchante, ya no obtiene todos los beneficios en la transacción. Pocos artistas realizan ya ambas gestiones a la vez, la creativa y la comercial, solo algunos grandes genios como Rubens o Velázquez, y en el caso de este último, llegó incluso a ser el superintendente de obras de Felipe IV.

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